Tras las huellas del capitán Francisco de Cuéllar - Sligo 1995



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       Libro de viajes,  por Odiseo fecundo en ardides. 
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           Cansado ya del aire ardiente y casi sin aliento, un corazón de 
        Castilla, el más leal y valiente, José María de Rivera y Villa, 
        partió buscando un nuevo viento, más puro y más frío, que templara el 
        fuego que llevaba dentro. 


  

    Cuando mi buen amigo Arturo tuvo noticia de que me partía para Irlanda, 
  apareció en mi casa con el relato de las aventuras que allí pasó el capitán 
  Francisco de Cuéllar. Me lo leyó y mientras lo hacía pensé que una vez en 
  Irlanda, si tenía ocasión, visitaría los sitios por los que pasó este 
  compatriota. 
    La historieta venía a decir que este tal hombre había sido capitán de una 
  de las naos de la Gran Armada contra Inglaterra en 1588 y que, tras una 
  penosísima travesía bordeando Escocia, el barco en que venía (La Lavia) 
  vino a encallar y hacerse pedazos frente a la costa NO de Irlanda en la 
  bahía de Sligo. Contaba cómo, aferrado a un madero, flotaba a merced de la 
  tormenta y cómo una grandísima ola se llevó para siempre a un su amigo que 
  con él estaba. Desde allí podía ver el desdichado cómo los náufragos, que 
  medio ahogados lograban llegar a la playa, eran asesinados y robados por 
  los ingleses y "los salvajes". Consiguió por fin llegar a la marina, pero 
  en tal estado que, dándole por cmuerto, quedó allí tendido en la arena. 
    También nos cuenta algo acerca de sus "encuentros" con las mujeres de 
  aquella tierra, como él mismo dice, "en todo extremo hermosas". 
    Tras pasar peripecias y penalidades púsose al servicio de un caudillo 
  irlandés enemigo de los ingleses. Este, ante la llegada de un regimiento de 
  herejes, fuese a refugiar con su gente a las montañas que no lejos de allí 
  se hallaban. Pero nuestro esforzado capitán y nueve españoles, náufragos 
  también, decidieron esperar al enemigo en un castillo del jefe irlandés, 
  fácil de defender por estar en un islote del lago Melvin. El castillo fue 
  sitiado y asaltado, mas no quiso Dios que en aquella hora fuese tomado. 
    Por fin, este nuestro capitán pudo llegar a Escocia y de allí pasar a 
  Flandes, desde donde escribió una carta a un amigo en la que cuenta todo 
  esto que digo. 
    Y aquí estaba yo, en el centro de España, entre la oscuridad de la noche 
  tras la ventana y la luz amarilla de la lámpara, proyectando mi imaginación 
  en las lejanas, frías y húmedas tierras del Norte, pensando en que tal vez 
  algún día andaría yo los caminos que en otro tiempo nuestro caballero 
  aventurero había pasado.


    
    

    TRAS LA SOMBRA DEL CAPITAN CUÉLLAR. 
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       Persiguiendo su sombra y su sombra tras de mí. 
       Mi destino, que me acecha y me busca como una fiera busca su presa, 
    husmeando el viento y poniéndose en camino, nunca descansa. Y por mucho 
    que corro, siempre me alcanza; y por más que me escondo, siempre me halla. 
    Y nada ni nadie puede evitarlo... Aunque, tal vez...
 


     En el decimosexto día del año de Nuestro Señor de mil y novecientos y 
  noventa y cinco, bajo la quinta Luna de la era funesta, entre los brazos 
  de Marion y María Pía, el doméstico e intrépido Manolo y yo mismo, Josemari 
  fecundo en ardides, resolvimos que el siguiente habría de ser en el que 
  partiríamos de Dublín tras las huellas del famosísimo capitán Francisco de 
  Cuéllar. 

 
 I) Día primero: En el que da comienzo este viaje que aquí se cuenta. 
   Dublín-Sligo. 
      
      Cargado como un burro cerré la puerta de casa tras de mí (16:50). A las 
   17:00 era ya de noche y me encontré con Manolo. Nos metimos en el DART en 
   Seapoint. Esto, curioso lector, no es otra cosa que el ferrocarril urbano 
   que recorre la bahía de Dublín de Norte a Sur bordeando la costa. Es como 
   el Metro de Madrid, con la diferencia de que en este te puedes entretener 
   mirando por la ventana el agua oscura de la bahía, la espuma blanca de las 
   olas y, tal vez, si tienes vista penetrante, el vuelo de alguna gaviota o 
   avecilla marina.
      Casualmente, allí vimos a Carmel de cara roja que salía del trabajo y se 
   iba a su pueblo de Galway. Bajamos en Tara Station, me dio dos caramelos 
   y se fue. Nosotros caminamos a toda leche hacia la estación. El tren salía 
   a las 18:30 y teníamos tiempo, pero queríamos llegar pronto. Sudando y 
   resoplando llegamos a la estación a las 18:00. Una sala grande con techo 
   alto, luces de fluorescente blanco y un suelo de ajedrez pequeño que pisaba 
   la muchedumbre apresurada, caminando en todas las direcciones del plano 
   afín sin el menor respeto por las reglas de tan noble deporte.      
      Manolo no encontró el letrero del tren donde debía estar y preguntando 
   en una ventanilla se enteró de que el tren salía de otra estación a tomar 
   por culo de allí más o menos. Llegar a tiempo andando era imposible, en 
   bus improbable y en taxi difícil. Dudamos entonces si coger el primer 
   tren que saliera a cualquier parte y dejar a Sligo y Rossclougher para 
   mejor ocasión, o sea, nunca. 
      ¿Habríamos de abandonar tan arriesgada empresa antes de empezalla y ser 
   vencidos antes de pelear? Pero nosotros somos de la estirpe de los que 
   nunca se rinden antes de dar la vida. 
      No había tiempo que perder en reflexiones; salimos, no vimos autobús 
   alguno, en un minuto pillamos un taxi e hobimos la recompensa que suelen  
   haber los que permanescen en la virtud de la firmeza, pues éste nos llevó 
   en 20 minutos, con el tiempo justo de sacar dos billetes para Sligo y 
   subir al tren. 
      Pero era ya demasiado tarde; recorrimos el tren de punta a punta y no 
   quedaba ningún asiento libre, de modo que nos apalancamos entre dos vagones 
   con otra mucha gente. Cuando se hubo bajado alguna, pillamos un sitio. 
      Manolo me leyó "Yo sólo quería llamar por teléfono" de Gabriel García 
   Márquez sin llegar a ponernos de acuerdo en si la chica era o no un putón 
   como yo decía. Yo cené un bocata de jamón y Manuel sus hierbas apestosas. 
      A las 21:50 llegamos a Sligo; hacía un frío que pelaba, un viento 
   cortante y, por supuesto, olor a estación antigua. Preguntamos a una mujer 
   por la calle del hostal al que en mala hora íbamos, al otro lado del río, 
   y su respuesta fue estupefaciente.  
      -¿El río? -dijo con aire de extrañeza como si hubiéramos preguntado 
   por el mismo infierno. 
      Mi agudo ingenio ya seleccionaba de entre mi vasto y maltraído léxico 
   graciosos y ofensivos epítetos que dedicar a mi amigo por haber equivocado 
   el tren y habernos llevado quién sabía dónde, pero no hubo caso. 
      Nos detuvimos un rato sobre la puente que cruzaba el río de marras a 
   mirar la corriente, rápida y oscura, con tanto estrépito que imponía 
   respeto y ponía espanto incluso en ánimos tan esforzados como los nuestros. 
   Aquel señor no gastaba bromas. ¡Qué miedo!. 
      En la calle que corría paralela al río encontramos el hostal donde 
   suele hospedarse la gente principal que a esta ciudad llega por el módico 
   precio de siete libras. 
      Allí nos recibió Clare, una moza rubia, caballuna y forastera, de mi 
   talla, vamos que...
      Nos mostró la suite (7 literas), nos dio una piojosa sábana y dos 
   mantas delgadas. Hicimos las camas y salimos a un pub donde se anunciaba 
   una actuación. Un pesado cantaba en play-back mientras con manos y pies 
   ponía y quitaba cintas. Yo estaba animado; daba palmas, cantaba un poco 
   y bebía más. Al final sonó el himno de Irlanda y la gente se puso en pie 
   respetuosa. Yo no daba crédito a lo que decía Manolo y hacía tonterías y  
   pedía "¡otra ronda!". Estaba muy asustado el pobre, por esta circunstancia 
   y por la de que, al parecer, dos robustas mozas de la tierra, no por cierto 
   en todo extremo hermosas, entre risas estentóreas que hubieran puesto pavor 
   en el ánimo más atrevido, no nos quitaban ojo. Y el desgraciado no 
   consintió en salir hasta que ellas se hubieron ido. Cuando por fin pude 
   sacar a mi espantado amigo, las encontramos en la calle, nos 
   intercambiamos saludos y al pasar pude oír un "bye" con una voz no mala 
   después de todo. 
      Apoyados en el parapeto del río vimos las luces de las farolas del otro 
   lado reflejándose en fila sobre el agua que en esta parte no corría tanto 
   como en el puente, pues era más ancho. Dos cisnes blancos patinaban sobre 
   el agua, el vaho salía de nuestras bocas y yo fumaba un cigarrillo. 
      Hacía frío, pero no nos importaba; al contrario, a mí me hacía respirar 
   mejor, y el frío en la cara me hacía sentirme más despierto a las 
   sensaciones, vivo y fuerte. Pasó un rato y nos fuimos a dormir. 
     

 II) Segundo día: En el que grandes e muchas e sabrosas cosas de harto peligro 
    pasaron con el dulce camino de copiosas hojas cubierto. 
    Sligo-Rossclougher-Donegal.
      
      A las cinco me despertó uno de los paseos nocturnos de Manolo, 
   entonces tuve frío y ya no pude dormir. Oí las campanadas de un lejano 
   reloj. Por fortuna mi buen amigo estábase congelando y notando al punto 
   cómo algunos de sus miembros iban quedándose rígidos, y cuando se levantó 
   para coger su plumas, apiadándose de mí, me preguntó si quería yo el mío. 
   Me lo puse y a las ocho me levanté, arreglé y bajé a esperar a mi 
   desventurado compañero que yacía congelado esperando los deshielos del 
   mediodía para poderse mover.
      Ya había amanecido, el cielo estaba gris, pero en el horizonte, al 
   otro lado del río, se abría una franja luminosa que empujaba el día hacia 
   arriba. Hacía un frío intenso y con el plumas y guantes aguanté el tiempo 
   justo para fumar un cigarrillo. Me metí otra vez en la casa con la 
   esperanza de encontrar a Clare para tomar venganza en su cuello y Manolo 
   no tardó en bajar. 
      Fuimos en busca de una zapatería para arreglar una bota que la noche 
   anterior había roto. Preguntamos a un hombre con traje, no muy alto, con 
   una venerable barba gris y voz profunda, amigable y calmada. Yo pensé que 
   debía de tratarse de un druida de los Días Antiguos que había encontrado 
   la llave del tiempo y estaba en éste quién sabe por qué.
      Compramos comida, pues no sabíamos con certeza cómo pasaríamos el día.
   Éste se presentaba nublado, pero era muy luminoso, la gente pasaba por las 
   calles animada y yo estaba contento. Las mozas no me parecieron de muy 
   buena raza, si bien yo no podía apreciar muchos detalles (bajas y de pelo 
   oscuro) y Manolo se resistía a hacer tales averiguaciones. 
      No encontramos un sitio apropiado para desayunarnos, y Manolo tuvo que 
   hacer de tripas corazón para entrar en uno moderno, donde untó las tostadas
   que yo me comería con mucha diligencia y presteza. Entre trago y trago de 
   café decidimos lo que haríamos.
      En este día pensamos llegar lo más cerca posible de las ruinas del 
   castillo de Rossclougher en el lago Melvin, donde nuestro valiente capitán
   peleó sin desmayo. Para ello, primero iríamos a Bundoran haciendo dedo; de
   allí iríamos a Kinlough a unos 4 o 5 Km a pata o a dedo, y de allí asal-
   taríamos el lago a unos 3 o 4 Km . Una vez allí, ya veríamos...
      Caminamos por la carretera hacia Bundoran 1 o 2 Km, me senté en una 
   roca y Manolo hizo dedo. A la hora de pasar centenares de coches me puse yo
   sin muchas esperanzas y haciendo el tonto, y luego, él otra vez. Una hora y 
   media pasó y, perdida la esperanza, decidimos estar diez minutos más y 
   luego volver a Sligo. De vez en cuando lloviznaba, y yo me temía lo peor 
   cuando le pedí por favor a un buga blanco que parara, pero entonces el 
   cielo se abrió e una vez más hobimos la recompensa que suelen haber los que
   permanescen en la virtud de la firmeza. Efectivamente, este coche era 
   conducido por Jim "MacNosequé" (McLoughlin), el cual tuvo el buen gusto 
   de llevarnos. Hablando con él se enteró de que íbamos tras los pasos del 
   capitán Francisco de Cuéllar y de la Gran Armada, y se ofreció a salirse de 
   su camino y llevarnos a ver el "Spanish Armada Memorial". Era como un barco
   de piedra (no lejos de la playa donde se hundió la Lavia) y un cartel con 
   un mapa y la historieta en conmemoración del 400 aniversario. No contento 
   con esto, de nuevo se ofreció a llevarnos hasta el mismo borde del lago  
   Melvin, a pesar de que minutos antes había rehusado nuestra invitación de 
   ir con nos diciendo que a las dos tenía que estar en Donegal.
      Al pasar por Kinlough se paró frente a una placa donde estaba escrita
   la historia del capitán. Llegamos a una casa sobre el terraplén que 
   dominaba el lago y Jim habló con el dueño de una barca que había en la 
   orilla, contándole que estábamos muy interesados en visitar el castillo 
   que estaba en una de las muchas islas que había. Una familia de lugareños 
   nos observaba atenta (sobre este punto consúltese la memoria de Manolo, 
   pues mis muchos trabajos hicieron pasar este detalle inadvertido). El 
   hombre sacó el agua de lluvia de la barca que utilizaba para transportar 
   las ovejas de una isla a otra y puso los remos. Yo no sabía muy bien lo 
   que pasaba, pero la evidencia de los preparativos me infundieron un miedo 
   pavor al contemplar la posibilidad de zozobrar en aquellas, sin duda, 
   gélidas aguas. De nada sirvieron mis recelos, llamadas a la prudencia y 
   protestas y me encontré junto a mi mochila navegando a popa de la barca. 
      Hacía un día estupendo, casi hacía sol. Metí la mano en el agua helada 
   y mientras Jim y Manolo remaban eficientemente, yo toqué la flauta para
   ellos, para las ninfas del lago y para la memoria de tal evento.
      Dos veces atacamos la isla sin éxito, y a la tercera desembarcamos con 
   todos nuestros pertrechos y vituallas. Estaba llena de zarzas y rocas. Yo
   me senté sobre una en cuclillas embutido en mi plumas entre las ruinas de 
   la antigua fortaleza (muy chica, por cierto), mientras los otros exploraban 
   los alrededores. 
      No había mucho que ver, de modo que volvieron enseguida, y Manolo 
   aderezó comida para los tres en un periquete, compartiendo la mía con Jim. 
   Un bocata de jamón y queso y un trozo de pollo asado que compramos en 
   Sligo y que nos supo a gloria. Manolo, como siempre, sus hierbajos 
   apestosos. 
      Si éste tardó poco en preparar la comida, menos tardamos en papeárnosla, 
   recoger y saltar al barco. Yo tenía frío, pero se me quitó enseguida cuando
   tomé los remos, a cuyo impulso comenzamos a describir estupendas e 
   inverosímiles trayectorias; circunstancia que más tarde habría de ser 
   motivo de gracias y bromas entre Jim y sus amigos. Cuando llegamos a la 
   orilla comenzó a lloviznar. De pie frente al lago, pudimos ver, más allá de 
   los confines de éste, sobre montes lejanos, dibujados en el cielo claro,  
   dos arcos iris concéntricos y completos que nos alegraron el corazón. Pues 
   parecía la puerta vaga y difusa de un trasmundo luminoso y esperanzador 
   lleno de promesas y que no debía de ser otra cosa que los tiempos 
   venideros. Deseé ir hacia allí y pensé que en nuestro próximo viaje iríamos 
   en su busca, dejaríamos atrás este mundo de pesares y encontraríamos una 
   nueva vida. 
      El cielo se oscurecía deprisa y con cierta inquietud le di la espalda a 
   todo aquello, pues como ya habíamos visto el lago, las ruinas en la isla y 
   habíamos tenido nuestra revelación de esperanza, ahora no había motivo 
   para que el cielo retuviese por más tiempo el agua que ya estaba impaciente 
   por caer. Y cayó, vaya si cayó. La lluvia arreciaba por momentos y corrimos 
   como alma que lleva el diablo a meternos en el coche y llovió a mares una 
   lluvia loca. 
      De vuelta, Jim detuvo el coche nuevamente en Kinlough para leer la placa 
   que recordaba cómo nuestro arriesgado capitán, con la ayuda de otros nueve 
   españoles, hizo frente a un regimiento de herejes ingleses en el castillo 
   de Rossclougher. Nos llevó a Donegal y se metió en un pub a ver un partido 
   de Rugby, donde nos esperaría a las cinco para llevarnos hasta su pueblo, 
   a Letterkeny, o bien, despedirnos. 
       
      En este tiempo cruzamos la puente sobre el río de aquel sitio y 
   caminamos a lo largo de un camino delicioso que corría paralelo a él, 
   separados entrambos por una cuesta empinada llena de árboles (hayas y 
   castaños (según el entendido en toda clase de hierbas, raíces, plantas y 
   árboles que se alimentan del sol y crecen de la tierra), cuyas hojas, ahora 
   naranjas y marrones, cubrían el suelo de tierra, dándole a todo esto un 
   aspecto muy romántico y, tal vez, ligeramente melancólico. Pero allí no 
   cabía la tristeza. El río se ensanchaba dando al mar en una especie de 
   bahía cerrada por una isla y montes circundantes. El sol se hundía tras 
   ellos y el mar en la dirección en que caminábamos y su resplandor iluminaba 
   un cielo cubierto dando un brillo vaporoso y con reflejos dorados a los 
   bordes de dos estrechos claros que se abrían bajos y se reflejaban en 
   el agua. Aquí Manolo, suspicaz en extremo, me acusaba de no creerle cuando 
   me juraba y perjuraba que dentro de los brillos refulgentes de las franjas 
   de nubes, efectivamente, se veía un cielo límpido, claro y azul como la 
   madre que le parió. 
      Anochecía ya y volvimos al pueblo como dos sombras entre las sombras. 
   Llegamos al pub donde nos esperaba Jim y tomamos dos pintas para entrar en 
   calor. Este nos fizo el último favor y nos llevó al hostal donde pasaríamos 
   la noche. Y allí, en la oscuridad de una carretera del NO. de Irlanda, nos 
   despedimos de nuestro buen amigo, Jim McLoughlin que Dios guarde muchos 
   años, con toda suerte de parabienes y ofrecimientos. 
      En esta ocasión sí nos recibió una doncella "en todo extremo hermosa".
   Nos dio una habitación para entrambos, descansamos un rato y ya caminábamos 
   hacia Donegal. Eran cerca de las seis, estaba más negro que el tizón y 
   hacía un frío del carajo, como suele decirse. 
      En la puerta de Scotman Pub se anunciaba que esa noche tocaría 
   "Claddagh". Entramos para hacer más averiguaciones. Era un sitio con 
   aspecto realmente rústico. Dos fluorescentes perpendiculares al mostrador,
   una chimenea apagada y una miniestufa de butano con la que casi me 
   achicharro una de mis piernas congeladas. Un hombrecillo sentado a la 
   barra, mientras Manolo hablaba con la patrona arremangada, enseguida me
   empezó a hablar amigablemente en términos para mí indescifrables y, a un 
   tiempo, haciendo gestos y mímica de diversos instrumentos musicales. 
   Entendí pues que me preguntaba si sabía tocar la guitarra, el violín, la 
   flauta, la gaita y qué sé yo. Respondí con el sentido del humor que me 
   caracteriza que sabía tocar la flauta. El hombrecillo y la patrona hicieron 
   exclamaciones de aprobación y, al punto, esta última apareció con un manojo 
   de flautas pequeñas típicas de por allí. Pero Manolo me sacó a rastras de 
   allí antes de que yo lo advirtiera, temiendo, con razón, que las probara 
   todas.
      Oímos cánticos en una iglesia católica, pero cuando entramos ya habían 
   terminado y salimos, pues, confundidos entre la multitud de fieles. A las 
   siete cenamos en un sitio moderno. Esperamos en un pub bebiendo una coca 
   cola y un whisky caliente y volvimos al Scotman. Ahora estaba lleno, la 
   chimenea encendida, un hombre tocaba ya en un acordeón alegres canciones 
   tradicionales y nuestro hombrecillo entrado en años seguía en el mismo 
   taburete que le habíamos dejado por la tarde. Llegaron dos mujeres y se 
   pusieron a tocar, la una un acordeón y la otra un teclado tan soso como 
   las canciones que cantaban, a mi juicio, un poco ingénuas y matrices de un 
   cierto tipo de country. Este sitio estaba lleno de cacatúas y carcamales 
   que bailaban con denuedo. Nos tomamos dos o tres cervezas y nos fuimos a 
   dormir, que por hoy ya estaba bien. 

 
 III) Día tercero: En el que acontece lo que verá quien lo leyere y oirá el 
    que lo oyere leer.  Donegal-Grange-Sligo.  
      
      Nos levantamos a las tantas y, mientras desayunábamos, decidimos que 
   iríamos a la playa a la que llegó nuestro capitán y frente a la que se 
   hundió la Lavia y terminaron sus días centenares de cristianos. 
     Caminando por la carretera que iba a Grange (a 3 Km del Spanish 
   Armada Memorial) un caballo amarillo se hizo amigo nuestro, pues conoció 
   bien mi firmeza y valor con los animales. Un tal Mikel nos llevó a Grange, 
   y de allí caminamos con buen ánimo hasta el "S. M. A.". Y una vez más 
   quedó demostrado nuestro valor y astucia, pues en este camino, por dos 
   veces, hubimos de enderezar los tuertos que, sin duda, algún hereje había 
   perpetrado. Era el caso que los carteles que indican la dirección de lugar 
   tan significado para la Cristiandad estaban retorcidos e inservibles y, 
   como digo, hubimos de enderezallos a fuerza de brazos. 
      De allí, otros 2 Km hasta la playa, entre Black Rock y Streedagh. 
   Eran cerca de las tres y el cielo estaba tan nublado que el mar, la fina 
   arena que pisábamos, la hierba verde que quedaba atrás y hasta la misma 
   espuma de las olas parecían variaciones tonales del gris mortecino que lo 
   cubría todo; y al imaginarme a los náufragos muriendo sobre aquella arena, 
   me parecían espectros irreales salidos de un sueño, que sólo esperan la 
   salida del sol para desvanecerse en el aire. 
      Las olas rompían con estrépito y soplaba un frío viento que me helaba 
   los pies y las manos y también mi nariz. Tras andar un rato por la arena 
   de la playa nos sentamos sobre la hierba del último escalón del terraplén 
   que bordeaba la marina a unos diez pasos del agua.
      Pusimos sendas bolsas de plástico en el suelo para proteger nuestras 
   delicadas posaderas de la humedad de la hierba. Con los dedos entumecidos 
   acerté a abrir un trozo de pan y aderezarme un bocata de jamón y queso, 
   que junto con una bolsa de patatas y una lata de coca-cola sería mi comida 
   de aquel día. Respecto a la comida de Manolo, no quiero entristecer a los 
   lectores y moverles a compasión refiriendo pormenores de la misma. Con el 
   plumas y la bufanda calados hasta la nariz, saqué la boca de mala gana el 
   tiempo justo para engullirlo todo y fumar un pitillo. Un rato más, y de 
   pie, sobre el terraplén frente a la marina y las islas lejanas envueltas 
   en la bruma, hicimos el saludo militar y canté la salve marinera (o algo 
   parecido). Al bajar el terraplén del otro lado, de improviso, dejamos de 
   oir el estruendo de las olas rompiendo en la arena. Parecía que habíamos 
   entrado en otra dimensión, y a escasos metros ya sólo se oía un rumor 
   lejano y confuso. Eran los últimos minutos de luz de aquel día, y el sol 
   escondido ponía un resplandor crepuscular en el horizonte. Unas avecillas 
   cruzaron el cielo, y si no hubiera sido por Manuel, experto conocedor de 
   "las pajaricas del aire y de las aves de la tierra", nos hubieramos quedado 
   sin conocer sus nombres (la una Luisa y la otra Enriqueta, creo; la 
   especie, sinceramente, no me acuerdo). 
      Envueltos en esta atmósfera incierta llegamos de vuelta al Spanish 
   Armada Memorial cuando el último rayo de luz abandonaba esta parte del 
   mundo. Al otro lado de la carretera había un "bed & breakfast", pero 
   decidimos volver a Sligo. 
      Haciendo dedo por la carretera hacia Grange nos paró un perro, su dueña 
   de cinco años y su padre, que era quien conducía, y que regresaban después 
   de un agradable día de playa.
      -Vamos a Sligo. 
      -No, voy a Grange.
      Antes de que acabaramos de decir: "Bueno vale", ya estábamos dentro del 
   coche.  
 
      Bajo la cuarta o quinta farola de la carretera a Sligo nos pusimos a    
   hacer dedo. Hacía ahora más frío y más viento, y los plumas, bufandas y 
   guantes no eran partes bastantes para evitarlos. Manolo daba carreritas,
   saltos y hacía aspavientos y yo me acurrucaba sentado en una valla de
   cemento, y hubiera perdido la noción de tener nariz de no haber sido por
   las gotitas de agua que me salían della. Más de una hora estuvimos en esta
   apurada situación, tiempo que aproveché para merendarme los últimos restos
   del chocolate que traía de Dublín con un mendrugo de pan que me había
   sobrado de la comida. Creímos que nuestra situación no podía ser más 
   comprometida, pero pronto habríamos de preferirla a la que se avecinaba;
   pues en este tiempo vino a pararnos un jovencito de la tierra con un todo
   terreno de carretera. A toda leche, y sorteando ciclistas y camiones en el
   último momento, describíamos una serie de eses hasta encontrar la 
   dirección adecuada al salir de cada curva o viraje. De modo que tuve por
   prudente aconsejar a mi arriesgado compañero se pusiera el cinturón. 
      De esta guisa, como en un videojuego, nuestro difunto amigo nos puso en 
   Sligo en un periquete. Y digo difunto, porque a estas alturas el 
   desdichado debe de estar incrustado en alguna tapia, árbol o roca del 
   noroeste de Irlanda. 
      Huyendo del famoso hostal de nuestra amiga Clare, fuimos a dar en otro
   muy cuco con una foto de Norma Jean en la habitación. Creo que dormimos 
   una hora y salimos en busca de aventuras, pues no nos habría de faltar 
   algún sabio que las refiriese dándolas a la estampa. 
      Manolo tenía sed y nos metimos en un pub muy majo (D. McLynn),        
   regentado por Daniel McLynn, el cual se enrolló con nosotros, y nos 
   habló de lo divino y de lo humano. Nos dijo que él mismo cantaría esa 
   noche. Estuvimos un buen rato descongelando nuestras botas frente a una 
   chimenea y salimos. Cenamos una hamburguesa y una triste hamburguesa 
   vegetal, y volvimos al pub. El hombre ya estaba tocando una guitarra 
   acústica y cantando bonitas canciones tradicionales y medio folk americano. 
   Cuando termino de cantar se sentó con nosotros y me dejó tocar su cítara.

 IV) Ultimo día: Mal día. Sligo-Dublín. 
      
      Este día apareció realmente negro. Mientras Manolo fue a comprar su 
   comida, yo toque la flauta en la sala de la estación vacía, pues tenía un
   muy buen eco. A las 13:25 salió el tren. Manolo me decía: "Mira un río",
   "Mira una montaña", pero estaba tan oscuro que sólo veía sombras fugaces
   recortadas en un cielo de pesadilla; y como en un sueño llegamos a Dublín,
   por supuesto, ya de noche y sin la esperanza de una nueva aurora.

      Ahora estaba en Dublín, había corrido miles de millas y la misma 
   pregunta seguía latiendo en mi corazón, pero ahora, el caminito de Donegal, 
   la música del acordeón, el arco iris sobre el lago Melvin, la playa de 
   Black Rock, nuestro amigo Jim y todo aquello estarían en mi recuerdo para 
   siempre. 
                 
                 
                 THE  END


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