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Libro de viajes, por Odiseo fecundo en ardides. ------------------------------------------------ Cansado ya del aire ardiente y casi sin aliento, un corazón de Castilla, el más leal y valiente, José María de Rivera y Villa, partió buscando un nuevo viento, más puro y más frío, que templara el fuego que llevaba dentro. Cuando mi buen amigo Arturo tuvo noticia de que me partía para Irlanda, apareció en mi casa con el relato de las aventuras que allí pasó el capitán Francisco de Cuéllar. Me lo leyó y mientras lo hacía pensé que una vez en Irlanda, si tenía ocasión, visitaría los sitios por los que pasó este compatriota. La historieta venía a decir que este tal hombre había sido capitán de una de las naos de la Gran Armada contra Inglaterra en 1588 y que, tras una penosísima travesía bordeando Escocia, el barco en que venía (La Lavia) vino a encallar y hacerse pedazos frente a la costa NO de Irlanda en la bahía de Sligo. Contaba cómo, aferrado a un madero, flotaba a merced de la tormenta y cómo una grandísima ola se llevó para siempre a un su amigo que con él estaba. Desde allí podía ver el desdichado cómo los náufragos, que medio ahogados lograban llegar a la playa, eran asesinados y robados por los ingleses y "los salvajes". Consiguió por fin llegar a la marina, pero en tal estado que, dándole por cmuerto, quedó allí tendido en la arena. También nos cuenta algo acerca de sus "encuentros" con las mujeres de aquella tierra, como él mismo dice, "en todo extremo hermosas". Tras pasar peripecias y penalidades púsose al servicio de un caudillo irlandés enemigo de los ingleses. Este, ante la llegada de un regimiento de herejes, fuese a refugiar con su gente a las montañas que no lejos de allí se hallaban. Pero nuestro esforzado capitán y nueve españoles, náufragos también, decidieron esperar al enemigo en un castillo del jefe irlandés, fácil de defender por estar en un islote del lago Melvin. El castillo fue sitiado y asaltado, mas no quiso Dios que en aquella hora fuese tomado. Por fin, este nuestro capitán pudo llegar a Escocia y de allí pasar a Flandes, desde donde escribió una carta a un amigo en la que cuenta todo esto que digo. Y aquí estaba yo, en el centro de España, entre la oscuridad de la noche tras la ventana y la luz amarilla de la lámpara, proyectando mi imaginación en las lejanas, frías y húmedas tierras del Norte, pensando en que tal vez algún día andaría yo los caminos que en otro tiempo nuestro caballero aventurero había pasado. TRAS LA SOMBRA DEL CAPITAN CUÉLLAR. +++++++++++++++++++++++++++++++++++ Persiguiendo su sombra y su sombra tras de mí. Mi destino, que me acecha y me busca como una fiera busca su presa, husmeando el viento y poniéndose en camino, nunca descansa. Y por mucho que corro, siempre me alcanza; y por más que me escondo, siempre me halla. Y nada ni nadie puede evitarlo... Aunque, tal vez... En el decimosexto día del año de Nuestro Señor de mil y novecientos y noventa y cinco, bajo la quinta Luna de la era funesta, entre los brazos de Marion y María Pía, el doméstico e intrépido Manolo y yo mismo, Josemari fecundo en ardides, resolvimos que el siguiente habría de ser en el que partiríamos de Dublín tras las huellas del famosísimo capitán Francisco de Cuéllar. I) Día primero: En el que da comienzo este viaje que aquí se cuenta. Dublín-Sligo. Cargado como un burro cerré la puerta de casa tras de mí (16:50). A las 17:00 era ya de noche y me encontré con Manolo. Nos metimos en el DART en Seapoint. Esto, curioso lector, no es otra cosa que el ferrocarril urbano que recorre la bahía de Dublín de Norte a Sur bordeando la costa. Es como el Metro de Madrid, con la diferencia de que en este te puedes entretener mirando por la ventana el agua oscura de la bahía, la espuma blanca de las olas y, tal vez, si tienes vista penetrante, el vuelo de alguna gaviota o avecilla marina. Casualmente, allí vimos a Carmel de cara roja que salía del trabajo y se iba a su pueblo de Galway. Bajamos en Tara Station, me dio dos caramelos y se fue. Nosotros caminamos a toda leche hacia la estación. El tren salía a las 18:30 y teníamos tiempo, pero queríamos llegar pronto. Sudando y resoplando llegamos a la estación a las 18:00. Una sala grande con techo alto, luces de fluorescente blanco y un suelo de ajedrez pequeño que pisaba la muchedumbre apresurada, caminando en todas las direcciones del plano afín sin el menor respeto por las reglas de tan noble deporte. Manolo no encontró el letrero del tren donde debía estar y preguntando en una ventanilla se enteró de que el tren salía de otra estación a tomar por culo de allí más o menos. Llegar a tiempo andando era imposible, en bus improbable y en taxi difícil. Dudamos entonces si coger el primer tren que saliera a cualquier parte y dejar a Sligo y Rossclougher para mejor ocasión, o sea, nunca. ¿Habríamos de abandonar tan arriesgada empresa antes de empezalla y ser vencidos antes de pelear? Pero nosotros somos de la estirpe de los que nunca se rinden antes de dar la vida. No había tiempo que perder en reflexiones; salimos, no vimos autobús alguno, en un minuto pillamos un taxi e hobimos la recompensa que suelen haber los que permanescen en la virtud de la firmeza, pues éste nos llevó en 20 minutos, con el tiempo justo de sacar dos billetes para Sligo y subir al tren. Pero era ya demasiado tarde; recorrimos el tren de punta a punta y no quedaba ningún asiento libre, de modo que nos apalancamos entre dos vagones con otra mucha gente. Cuando se hubo bajado alguna, pillamos un sitio. Manolo me leyó "Yo sólo quería llamar por teléfono" de Gabriel García Márquez sin llegar a ponernos de acuerdo en si la chica era o no un putón como yo decía. Yo cené un bocata de jamón y Manuel sus hierbas apestosas. A las 21:50 llegamos a Sligo; hacía un frío que pelaba, un viento cortante y, por supuesto, olor a estación antigua. Preguntamos a una mujer por la calle del hostal al que en mala hora íbamos, al otro lado del río, y su respuesta fue estupefaciente. -¿El río? -dijo con aire de extrañeza como si hubiéramos preguntado por el mismo infierno. Mi agudo ingenio ya seleccionaba de entre mi vasto y maltraído léxico graciosos y ofensivos epítetos que dedicar a mi amigo por haber equivocado el tren y habernos llevado quién sabía dónde, pero no hubo caso. Nos detuvimos un rato sobre la puente que cruzaba el río de marras a mirar la corriente, rápida y oscura, con tanto estrépito que imponía respeto y ponía espanto incluso en ánimos tan esforzados como los nuestros. Aquel señor no gastaba bromas. ¡Qué miedo!. En la calle que corría paralela al río encontramos el hostal donde suele hospedarse la gente principal que a esta ciudad llega por el módico precio de siete libras. Allí nos recibió Clare, una moza rubia, caballuna y forastera, de mi talla, vamos que... Nos mostró la suite (7 literas), nos dio una piojosa sábana y dos mantas delgadas. Hicimos las camas y salimos a un pub donde se anunciaba una actuación. Un pesado cantaba en play-back mientras con manos y pies ponía y quitaba cintas. Yo estaba animado; daba palmas, cantaba un poco y bebía más. Al final sonó el himno de Irlanda y la gente se puso en pie respetuosa. Yo no daba crédito a lo que decía Manolo y hacía tonterías y pedía "¡otra ronda!". Estaba muy asustado el pobre, por esta circunstancia y por la de que, al parecer, dos robustas mozas de la tierra, no por cierto en todo extremo hermosas, entre risas estentóreas que hubieran puesto pavor en el ánimo más atrevido, no nos quitaban ojo. Y el desgraciado no consintió en salir hasta que ellas se hubieron ido. Cuando por fin pude sacar a mi espantado amigo, las encontramos en la calle, nos intercambiamos saludos y al pasar pude oír un "bye" con una voz no mala después de todo. Apoyados en el parapeto del río vimos las luces de las farolas del otro lado reflejándose en fila sobre el agua que en esta parte no corría tanto como en el puente, pues era más ancho. Dos cisnes blancos patinaban sobre el agua, el vaho salía de nuestras bocas y yo fumaba un cigarrillo. Hacía frío, pero no nos importaba; al contrario, a mí me hacía respirar mejor, y el frío en la cara me hacía sentirme más despierto a las sensaciones, vivo y fuerte. Pasó un rato y nos fuimos a dormir. II) Segundo día: En el que grandes e muchas e sabrosas cosas de harto peligro pasaron con el dulce camino de copiosas hojas cubierto. Sligo-Rossclougher-Donegal. A las cinco me despertó uno de los paseos nocturnos de Manolo, entonces tuve frío y ya no pude dormir. Oí las campanadas de un lejano reloj. Por fortuna mi buen amigo estábase congelando y notando al punto cómo algunos de sus miembros iban quedándose rígidos, y cuando se levantó para coger su plumas, apiadándose de mí, me preguntó si quería yo el mío. Me lo puse y a las ocho me levanté, arreglé y bajé a esperar a mi desventurado compañero que yacía congelado esperando los deshielos del mediodía para poderse mover. Ya había amanecido, el cielo estaba gris, pero en el horizonte, al otro lado del río, se abría una franja luminosa que empujaba el día hacia arriba. Hacía un frío intenso y con el plumas y guantes aguanté el tiempo justo para fumar un cigarrillo. Me metí otra vez en la casa con la esperanza de encontrar a Clare para tomar venganza en su cuello y Manolo no tardó en bajar. Fuimos en busca de una zapatería para arreglar una bota que la noche anterior había roto. Preguntamos a un hombre con traje, no muy alto, con una venerable barba gris y voz profunda, amigable y calmada. Yo pensé que debía de tratarse de un druida de los Días Antiguos que había encontrado la llave del tiempo y estaba en éste quién sabe por qué. Compramos comida, pues no sabíamos con certeza cómo pasaríamos el día. Éste se presentaba nublado, pero era muy luminoso, la gente pasaba por las calles animada y yo estaba contento. Las mozas no me parecieron de muy buena raza, si bien yo no podía apreciar muchos detalles (bajas y de pelo oscuro) y Manolo se resistía a hacer tales averiguaciones. No encontramos un sitio apropiado para desayunarnos, y Manolo tuvo que hacer de tripas corazón para entrar en uno moderno, donde untó las tostadas que yo me comería con mucha diligencia y presteza. Entre trago y trago de café decidimos lo que haríamos. En este día pensamos llegar lo más cerca posible de las ruinas del castillo de Rossclougher en el lago Melvin, donde nuestro valiente capitán peleó sin desmayo. Para ello, primero iríamos a Bundoran haciendo dedo; de allí iríamos a Kinlough a unos 4 o 5 Km a pata o a dedo, y de allí asal- taríamos el lago a unos 3 o 4 Km . Una vez allí, ya veríamos... Caminamos por la carretera hacia Bundoran 1 o 2 Km, me senté en una roca y Manolo hizo dedo. A la hora de pasar centenares de coches me puse yo sin muchas esperanzas y haciendo el tonto, y luego, él otra vez. Una hora y media pasó y, perdida la esperanza, decidimos estar diez minutos más y luego volver a Sligo. De vez en cuando lloviznaba, y yo me temía lo peor cuando le pedí por favor a un buga blanco que parara, pero entonces el cielo se abrió e una vez más hobimos la recompensa que suelen haber los que permanescen en la virtud de la firmeza. Efectivamente, este coche era conducido por Jim "MacNosequé" (McLoughlin), el cual tuvo el buen gusto de llevarnos. Hablando con él se enteró de que íbamos tras los pasos del capitán Francisco de Cuéllar y de la Gran Armada, y se ofreció a salirse de su camino y llevarnos a ver el "Spanish Armada Memorial". Era como un barco de piedra (no lejos de la playa donde se hundió la Lavia) y un cartel con un mapa y la historieta en conmemoración del 400 aniversario. No contento con esto, de nuevo se ofreció a llevarnos hasta el mismo borde del lago Melvin, a pesar de que minutos antes había rehusado nuestra invitación de ir con nos diciendo que a las dos tenía que estar en Donegal. Al pasar por Kinlough se paró frente a una placa donde estaba escrita la historia del capitán. Llegamos a una casa sobre el terraplén que dominaba el lago y Jim habló con el dueño de una barca que había en la orilla, contándole que estábamos muy interesados en visitar el castillo que estaba en una de las muchas islas que había. Una familia de lugareños nos observaba atenta (sobre este punto consúltese la memoria de Manolo, pues mis muchos trabajos hicieron pasar este detalle inadvertido). El hombre sacó el agua de lluvia de la barca que utilizaba para transportar las ovejas de una isla a otra y puso los remos. Yo no sabía muy bien lo que pasaba, pero la evidencia de los preparativos me infundieron un miedo pavor al contemplar la posibilidad de zozobrar en aquellas, sin duda, gélidas aguas. De nada sirvieron mis recelos, llamadas a la prudencia y protestas y me encontré junto a mi mochila navegando a popa de la barca. Hacía un día estupendo, casi hacía sol. Metí la mano en el agua helada y mientras Jim y Manolo remaban eficientemente, yo toqué la flauta para ellos, para las ninfas del lago y para la memoria de tal evento. Dos veces atacamos la isla sin éxito, y a la tercera desembarcamos con todos nuestros pertrechos y vituallas. Estaba llena de zarzas y rocas. Yo me senté sobre una en cuclillas embutido en mi plumas entre las ruinas de la antigua fortaleza (muy chica, por cierto), mientras los otros exploraban los alrededores. No había mucho que ver, de modo que volvieron enseguida, y Manolo aderezó comida para los tres en un periquete, compartiendo la mía con Jim. Un bocata de jamón y queso y un trozo de pollo asado que compramos en Sligo y que nos supo a gloria. Manolo, como siempre, sus hierbajos apestosos. Si éste tardó poco en preparar la comida, menos tardamos en papeárnosla, recoger y saltar al barco. Yo tenía frío, pero se me quitó enseguida cuando tomé los remos, a cuyo impulso comenzamos a describir estupendas e inverosímiles trayectorias; circunstancia que más tarde habría de ser motivo de gracias y bromas entre Jim y sus amigos. Cuando llegamos a la orilla comenzó a lloviznar. De pie frente al lago, pudimos ver, más allá de los confines de éste, sobre montes lejanos, dibujados en el cielo claro, dos arcos iris concéntricos y completos que nos alegraron el corazón. Pues parecía la puerta vaga y difusa de un trasmundo luminoso y esperanzador lleno de promesas y que no debía de ser otra cosa que los tiempos venideros. Deseé ir hacia allí y pensé que en nuestro próximo viaje iríamos en su busca, dejaríamos atrás este mundo de pesares y encontraríamos una nueva vida. El cielo se oscurecía deprisa y con cierta inquietud le di la espalda a todo aquello, pues como ya habíamos visto el lago, las ruinas en la isla y habíamos tenido nuestra revelación de esperanza, ahora no había motivo para que el cielo retuviese por más tiempo el agua que ya estaba impaciente por caer. Y cayó, vaya si cayó. La lluvia arreciaba por momentos y corrimos como alma que lleva el diablo a meternos en el coche y llovió a mares una lluvia loca. De vuelta, Jim detuvo el coche nuevamente en Kinlough para leer la placa que recordaba cómo nuestro arriesgado capitán, con la ayuda de otros nueve españoles, hizo frente a un regimiento de herejes ingleses en el castillo de Rossclougher. Nos llevó a Donegal y se metió en un pub a ver un partido de Rugby, donde nos esperaría a las cinco para llevarnos hasta su pueblo, a Letterkeny, o bien, despedirnos. En este tiempo cruzamos la puente sobre el río de aquel sitio y caminamos a lo largo de un camino delicioso que corría paralelo a él, separados entrambos por una cuesta empinada llena de árboles (hayas y castaños (según el entendido en toda clase de hierbas, raíces, plantas y árboles que se alimentan del sol y crecen de la tierra), cuyas hojas, ahora naranjas y marrones, cubrían el suelo de tierra, dándole a todo esto un aspecto muy romántico y, tal vez, ligeramente melancólico. Pero allí no cabía la tristeza. El río se ensanchaba dando al mar en una especie de bahía cerrada por una isla y montes circundantes. El sol se hundía tras ellos y el mar en la dirección en que caminábamos y su resplandor iluminaba un cielo cubierto dando un brillo vaporoso y con reflejos dorados a los bordes de dos estrechos claros que se abrían bajos y se reflejaban en el agua. Aquí Manolo, suspicaz en extremo, me acusaba de no creerle cuando me juraba y perjuraba que dentro de los brillos refulgentes de las franjas de nubes, efectivamente, se veía un cielo límpido, claro y azul como la madre que le parió. Anochecía ya y volvimos al pueblo como dos sombras entre las sombras. Llegamos al pub donde nos esperaba Jim y tomamos dos pintas para entrar en calor. Este nos fizo el último favor y nos llevó al hostal donde pasaríamos la noche. Y allí, en la oscuridad de una carretera del NO. de Irlanda, nos despedimos de nuestro buen amigo, Jim McLoughlin que Dios guarde muchos años, con toda suerte de parabienes y ofrecimientos. En esta ocasión sí nos recibió una doncella "en todo extremo hermosa". Nos dio una habitación para entrambos, descansamos un rato y ya caminábamos hacia Donegal. Eran cerca de las seis, estaba más negro que el tizón y hacía un frío del carajo, como suele decirse. En la puerta de Scotman Pub se anunciaba que esa noche tocaría "Claddagh". Entramos para hacer más averiguaciones. Era un sitio con aspecto realmente rústico. Dos fluorescentes perpendiculares al mostrador, una chimenea apagada y una miniestufa de butano con la que casi me achicharro una de mis piernas congeladas. Un hombrecillo sentado a la barra, mientras Manolo hablaba con la patrona arremangada, enseguida me empezó a hablar amigablemente en términos para mí indescifrables y, a un tiempo, haciendo gestos y mímica de diversos instrumentos musicales. Entendí pues que me preguntaba si sabía tocar la guitarra, el violín, la flauta, la gaita y qué sé yo. Respondí con el sentido del humor que me caracteriza que sabía tocar la flauta. El hombrecillo y la patrona hicieron exclamaciones de aprobación y, al punto, esta última apareció con un manojo de flautas pequeñas típicas de por allí. Pero Manolo me sacó a rastras de allí antes de que yo lo advirtiera, temiendo, con razón, que las probara todas. Oímos cánticos en una iglesia católica, pero cuando entramos ya habían terminado y salimos, pues, confundidos entre la multitud de fieles. A las siete cenamos en un sitio moderno. Esperamos en un pub bebiendo una coca cola y un whisky caliente y volvimos al Scotman. Ahora estaba lleno, la chimenea encendida, un hombre tocaba ya en un acordeón alegres canciones tradicionales y nuestro hombrecillo entrado en años seguía en el mismo taburete que le habíamos dejado por la tarde. Llegaron dos mujeres y se pusieron a tocar, la una un acordeón y la otra un teclado tan soso como las canciones que cantaban, a mi juicio, un poco ingénuas y matrices de un cierto tipo de country. Este sitio estaba lleno de cacatúas y carcamales que bailaban con denuedo. Nos tomamos dos o tres cervezas y nos fuimos a dormir, que por hoy ya estaba bien. III) Día tercero: En el que acontece lo que verá quien lo leyere y oirá el que lo oyere leer. Donegal-Grange-Sligo. Nos levantamos a las tantas y, mientras desayunábamos, decidimos que iríamos a la playa a la que llegó nuestro capitán y frente a la que se hundió la Lavia y terminaron sus días centenares de cristianos. Caminando por la carretera que iba a Grange (a 3 Km del Spanish Armada Memorial) un caballo amarillo se hizo amigo nuestro, pues conoció bien mi firmeza y valor con los animales. Un tal Mikel nos llevó a Grange, y de allí caminamos con buen ánimo hasta el "S. M. A.". Y una vez más quedó demostrado nuestro valor y astucia, pues en este camino, por dos veces, hubimos de enderezar los tuertos que, sin duda, algún hereje había perpetrado. Era el caso que los carteles que indican la dirección de lugar tan significado para la Cristiandad estaban retorcidos e inservibles y, como digo, hubimos de enderezallos a fuerza de brazos. De allí, otros 2 Km hasta la playa, entre Black Rock y Streedagh. Eran cerca de las tres y el cielo estaba tan nublado que el mar, la fina arena que pisábamos, la hierba verde que quedaba atrás y hasta la misma espuma de las olas parecían variaciones tonales del gris mortecino que lo cubría todo; y al imaginarme a los náufragos muriendo sobre aquella arena, me parecían espectros irreales salidos de un sueño, que sólo esperan la salida del sol para desvanecerse en el aire. Las olas rompían con estrépito y soplaba un frío viento que me helaba los pies y las manos y también mi nariz. Tras andar un rato por la arena de la playa nos sentamos sobre la hierba del último escalón del terraplén que bordeaba la marina a unos diez pasos del agua. Pusimos sendas bolsas de plástico en el suelo para proteger nuestras delicadas posaderas de la humedad de la hierba. Con los dedos entumecidos acerté a abrir un trozo de pan y aderezarme un bocata de jamón y queso, que junto con una bolsa de patatas y una lata de coca-cola sería mi comida de aquel día. Respecto a la comida de Manolo, no quiero entristecer a los lectores y moverles a compasión refiriendo pormenores de la misma. Con el plumas y la bufanda calados hasta la nariz, saqué la boca de mala gana el tiempo justo para engullirlo todo y fumar un pitillo. Un rato más, y de pie, sobre el terraplén frente a la marina y las islas lejanas envueltas en la bruma, hicimos el saludo militar y canté la salve marinera (o algo parecido). Al bajar el terraplén del otro lado, de improviso, dejamos de oir el estruendo de las olas rompiendo en la arena. Parecía que habíamos entrado en otra dimensión, y a escasos metros ya sólo se oía un rumor lejano y confuso. Eran los últimos minutos de luz de aquel día, y el sol escondido ponía un resplandor crepuscular en el horizonte. Unas avecillas cruzaron el cielo, y si no hubiera sido por Manuel, experto conocedor de "las pajaricas del aire y de las aves de la tierra", nos hubieramos quedado sin conocer sus nombres (la una Luisa y la otra Enriqueta, creo; la especie, sinceramente, no me acuerdo). Envueltos en esta atmósfera incierta llegamos de vuelta al Spanish Armada Memorial cuando el último rayo de luz abandonaba esta parte del mundo. Al otro lado de la carretera había un "bed & breakfast", pero decidimos volver a Sligo. Haciendo dedo por la carretera hacia Grange nos paró un perro, su dueña de cinco años y su padre, que era quien conducía, y que regresaban después de un agradable día de playa. -Vamos a Sligo. -No, voy a Grange. Antes de que acabaramos de decir: "Bueno vale", ya estábamos dentro del coche. Bajo la cuarta o quinta farola de la carretera a Sligo nos pusimos a hacer dedo. Hacía ahora más frío y más viento, y los plumas, bufandas y guantes no eran partes bastantes para evitarlos. Manolo daba carreritas, saltos y hacía aspavientos y yo me acurrucaba sentado en una valla de cemento, y hubiera perdido la noción de tener nariz de no haber sido por las gotitas de agua que me salían della. Más de una hora estuvimos en esta apurada situación, tiempo que aproveché para merendarme los últimos restos del chocolate que traía de Dublín con un mendrugo de pan que me había sobrado de la comida. Creímos que nuestra situación no podía ser más comprometida, pero pronto habríamos de preferirla a la que se avecinaba; pues en este tiempo vino a pararnos un jovencito de la tierra con un todo terreno de carretera. A toda leche, y sorteando ciclistas y camiones en el último momento, describíamos una serie de eses hasta encontrar la dirección adecuada al salir de cada curva o viraje. De modo que tuve por prudente aconsejar a mi arriesgado compañero se pusiera el cinturón. De esta guisa, como en un videojuego, nuestro difunto amigo nos puso en Sligo en un periquete. Y digo difunto, porque a estas alturas el desdichado debe de estar incrustado en alguna tapia, árbol o roca del noroeste de Irlanda. Huyendo del famoso hostal de nuestra amiga Clare, fuimos a dar en otro muy cuco con una foto de Norma Jean en la habitación. Creo que dormimos una hora y salimos en busca de aventuras, pues no nos habría de faltar algún sabio que las refiriese dándolas a la estampa. Manolo tenía sed y nos metimos en un pub muy majo (D. McLynn), regentado por Daniel McLynn, el cual se enrolló con nosotros, y nos habló de lo divino y de lo humano. Nos dijo que él mismo cantaría esa noche. Estuvimos un buen rato descongelando nuestras botas frente a una chimenea y salimos. Cenamos una hamburguesa y una triste hamburguesa vegetal, y volvimos al pub. El hombre ya estaba tocando una guitarra acústica y cantando bonitas canciones tradicionales y medio folk americano. Cuando termino de cantar se sentó con nosotros y me dejó tocar su cítara. IV) Ultimo día: Mal día. Sligo-Dublín. Este día apareció realmente negro. Mientras Manolo fue a comprar su comida, yo toque la flauta en la sala de la estación vacía, pues tenía un muy buen eco. A las 13:25 salió el tren. Manolo me decía: "Mira un río", "Mira una montaña", pero estaba tan oscuro que sólo veía sombras fugaces recortadas en un cielo de pesadilla; y como en un sueño llegamos a Dublín, por supuesto, ya de noche y sin la esperanza de una nueva aurora. Ahora estaba en Dublín, había corrido miles de millas y la misma pregunta seguía latiendo en mi corazón, pero ahora, el caminito de Donegal, la música del acordeón, el arco iris sobre el lago Melvin, la playa de Black Rock, nuestro amigo Jim y todo aquello estarían en mi recuerdo para siempre. THE END